viernes, 10 de enero de 2014

Violencia I

Pasó ayer. Salgo a un centro comercial y para llegar a la entrada, en 10 metros, solo veo hombres. Taxistas fuera de sus carros conversando, trabajadores en camiseta cargando bultos, un hombre con corbata y portafolio y su celular en la mano, hombres diversos repartidos en esos 10 metros de camino. Durante esos 10 metros me sentí como una gacela paseando enfrente de los leones. Todos me miran. Soy medida. Analizada. Mi cuerpo, mis nalgas, mis senos, mi cabello, mis zapatos, mi cintura. Siento que todos están mirando.

Pero esto no es nuevo, la primera vez que lo noté tenía trece años, salía de la escuela y caminaba dos cuadras hasta la parada del camión a las cuatro de la tarde. La calle era grande y a esa hora estaba casi vacía. De esas caminatas recuerdo dos momentos memorables, dignos representantes de esta violencia urbana. Carros que pasaban lentos a mi lado y de los que salía una voz masculina: "¡Estás mu linda!". Hombres solos que cruzaban a mi lado, miraban para atrás y decían: "¡Que delicia!". Yo tenía 13 años. Usaba pantalón largo, tenis y camiseta holgada.

Ahora es necesario multiplicar eso por cada uno de los días de mi vida.

Soy consciente que para los hombres es difícil entender como eso puede ser violencia. Nosotras mismas, mujeres, nos acostumbramos y dejamos que eso pase sin hacer nada. Nosotras nos acostumbramos a ignorar, o al menos eso pretendemos, para vivir el día a día.